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Por lo que se refiere a los medios personales de que disponen
los CTTC, debemos decir que los mismos no son muy diferentes de los propios de cualquier centro de
protección, aunque con un número superior de educadores y monitores o trabajadores sociales.
Una plantilla tipo de un centro de esta características, concretamente el de un centro con 16
plazas disponibles y que compartía espacios con un centro para toxicómanos, estaba compuesta por:
- 1 Coordinador de programas.
1 Director.
3 Psicólogas a tiempo parcial.
1 Trabajador social a tiempo parcial.
7 Educadores.
3 Monitores.
1 Cocinera, compartida con el centro de toxicómanos
1 Limpiadora, compartida.
1 Persona de mantenimiento, compartida.
Aunque las plantillas variaban de unos centros a otros en función de diversos factores, como
el número de plazas disponibles o la escolarización o no de los menores en centros educativos, la
que hemos detallado podría considerarse representativa de la propia de este tipo de centros.
Lo centros tenían establecido sistemas rotatorios por turnos del personal para garantizar una
cobertura adecuada de los mismos las 24 horas del día, durante los 365 días del año.
Aunque no efectuamos comprobaciones precisas sobre la cuestión, en todos los centros nos
aseguraron que el personal contratado contaba con las titulaciones exigidas en la normativa
reguladora de centros de protección.
Un tema recurrente en las reuniones habidas con los responsables de los centros se refería a
las dificultades que estos encontraban para contratar a personas que, disponiendo de la titulación
exigible, estuvieran dispuestas a realizar este tipo de trabajo. Asimismo, se lamentaban de la
dificultad para conseguir la permanencia del personal contratado, ya que era frecuente que el mismo
abandonara su puesto tras una corta estancia en el centro por las dificultades y riesgos inherentes
al trabajo desempeñado.
A este respecto, los responsables consultados incidían en la importancia que la estabilidad
del personal tenía para el éxito de los programas de intervención con los menores, ya que resultaba
imprescindible establecer relaciones de confianza y afecto entre los mismos y el personal que los
atendía diariamente. Por ello, los cambios en el personal contratado, no sólo comportaban dolorosas
rupturas en los vínculos afectivos con los menores, sino que, con frecuencia, determinaban
retrocesos notorios en los programas de intervención con los mismos.
FIN