INICIO
"Adaptación funcional de viviendas y edificios públicos para atender
a las demandas de la población mayor"
Por José María Cabeza Méndez
Arquitecto Técnico.
Director del Servicio Rehabilitación del Colegio Oficial
de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla.
Con razonable preocupación observamos como el medio ambiente que rodea al ser humano es un
medio artificial creado por el propio hombre y que cada vez lo estamos haciendo mas inadecuado para
una vida saludable, con lo cual los seres humanos nos encontramos presos en una trampa originada
por nuestra propia civilización. Es fácil advertir como muestra, que muchos de los traumas
psicológicos y de aislamiento social que siguen a las personas mayores y a cualquiera que padezca
una discapacidad, se fundamentan por un entorno que dificulta realmente la relación habitual con
los semejantes.
Es claro que si la calle, los parques, los edificios públicos, las viviendas, etc., no son
accesibles para todos los ciudadanos, se está imponiendo directamente una discriminación aun mas
injusta que la que pueda suponer una actitud social de rechazo por parte de ciertos grupos.
Por ello y si queremos obtener una adecuada y continua integración social de las personas
mayores, como seres que tienen determinadas limitaciones o discapacidades, es preciso comenzar
viéndolos y tratándolos con absoluta naturalidad para conseguir dotarlos de mayores capacidades
para que a su vez padezcan menores necesidades y en consecuencia tener como objetivo permanente que
sus posibilidades superen a sus limitaciones. Aunque la capacitación, para la vida social de una
persona, no puede realizarse si las barreras materiales que le separan del grupo de relación son
desproporcionadas a su cualidades funcionales, por lo cual debemos pretender alcanzar una correcta
integración readaptando su entorno para hacer posible la aportación individual del sujeto con
capacidades disminuidas.
Para empezar pues, a tratar la cuestión de adaptación funcional de viviendas y edificios
públicos para atender la demanda de la creciente población mayor, creo que conviene hacer una breve
consideración sobre minusvalía o discapacidad de las personas, porque todos estamos de acuerdo que
dentro de esa consideración existen grupos que presentan mayores demandas de supresión de barreras
físicas que otros. Por un lado sabemos que está la discapacidad total que padecen un coeficiente
intelectual mínimo, otro grupo lo encontramos en los que tienen problemas sensoriales y por último
están los discapacitados físicos, donde se sitúan el mayor porcentaje de las personas mayores y que
son los que plantean mas directamente la necesidad espacial, porque son los que generalmente
precisan, como medio de locomoción, una silla de rueda o un elemento mecánico similar.
Reconociendo, a su vez, que unas personas tienen esa limitación exclusivamente por la edad, si bien
otras se la han producido por accidentes laborales, de tráfico, etc.
A modo de reflexión de la situación actual pensemos por ejemplo, como los diferentes centros
sanitarios existente en nuestra sociedad se planifican para atender a esas personas aplicando una
serie de medidas que tienen como objetivo global lograr la plena integración de ellos, desde el
punto de vista de la recuperación fisiológica, por la acción de diferentes terapias en las que
intervienen aspectos farmacológicos, radioterapias u ortopédicos, tratando de conseguir el máximo
desarrollo de las posibilidades fisiológicas de cada uno. Adaptaciones o readaptaciones para
obtener o recuperar el equilibrio original, en otros casos readaptación profesional también que
persigue la orientación, formación y emplazamiento del discapacitado en un trabajo, readaptación
social que tiende a compensar y desarrollar las posibilidades de su presencia en su entorno, etc.,
etc.
Pues bien, cuando esas personas salen del centro sanitario donde han conseguido el máximo
posible su recuperación fisiológica se encuentran con una realidad espacial que le impide ejercer
todo lo obtenido en sus diferentes tratamientos, lamentando entonces la falta de correspondencia
que existe entre lo adquirido y la calle, el edificio o el transporte, produciéndole sin duda
alguna un enorme desconsuelo.
Debemos tener muy presente, también, que en las personas mayores existe una acumulación de
experiencias diversas, además de acontecimientos muy importantes (jubilación, muerte de familiares
y amigos, cambios en las relaciones sociales, etc.) que influyen y modulan el desarrollo de estas.
El proceso de envejecimiento supone a menudo un aumento o progresión de enfermedades crónicas, un
declive en las capacidades fisiológicas y una perdida de autonomía, además de las perdidas
familiares y personales que hemos comentado. Es importante considerar la reducción o privación de
contactos sociales por el aislamiento debido a barreras arquitectónicas, problemas económicos,
jubilación obligatoria, dispersión de la familia nuclear y el sentimiento de soledad por relaciones
sociales insuficientes, pérdida de autoestima , etc., etc..
En otro orden, tenemos que reconocer que la edificación y la ordenación del viario se ha
venido efectuando en cada época en función de sus necesidades e intereses y es verdad que en la
antigüedad la población mayor era muy baja como se constata en el Informe 2000 sobre "las personas
mayores en España" realizado por el Instituto de Migraciones y Servicios Sociales, donde se señala
que a principios del siglo XX sólo un 26% de los nacidos llegaba a mayor, hoy esa cifra se sitúa en
un 85% y seguirá envejeciendo durante el siglo XXI, después de experimentar uno de los procesos más
rápidos de ancianidad durante las últimas décadas del siglo XX.
La mejora de la sanidad pública, los avances en la tecnología médica y las condiciones de
vida, han llevado a un incremento en la esperanza de vida en nuestro país. Según la revisión del
padrón municipal (INE 2001), en España hay algo más de siete millones de personas mayores, de los
cuales son octogenarios 1.633.040 personas.
Los octogenarios son ahora el 3,9% de la población (el 23,2% de los mayores). En 2050 serán
ya el 10% de toda la población española, casi uno de cada tres mayores. En cuanto a los
centenarios, grupo reducido que cobra protagonismo paulatinamente, es difícil conocer con exactitud
el número de ellos en censos anteriores ya que existe el riesgo de imprecisión a la hora de
informar de la edad; las irregularidades administrativas en la época en que nacieron también
dificultan la precisión. Pues bien, en los años 80 se superaban los dos millares, en el año 2000
alcanzaron la cifra de 5.702 y se espera una continuación en su incremento dejando de ser noticia
de primera plana, como ya se viene observando.
Según este informe, cada mes 36.000 personas sobrepasan el umbral de los 65 años y la cifra
de mayores ha aumentado siete veces desde principio del siglo XX, mientras que la población
nacional se ha doblado y los octogenarios han visto aumentar sus efectivos trece veces, alcanzando
la cantidad antes indicada.
Con respecto a Europa, España es el quinto país detrás de Alemania, Italia, Francia y Reino
Unido en cifras absolutas sobre población mayor, siendo Andalucía, junto con Cataluña, la que posee
mayor número de personas de edad.
Otro indicador del intenso y continuo proceso de envejecimiento que vivimos en España es que
la edad media no ha dejado de crecer, desde los 24 años en 1900 hasta los 35 actuales y los 45 años
que se alcanzará en el 2020, según las previsiones.
En otra de las valoraciones de ese estudio, durante unos años habrá un proceso de
ralentización de la velocidad en el avance de envejecimiento, para continuar posteriormente con un
relanzamiento. Sin embargo, en toda Europa el envejecimiento se acelerará en las próximas décadas,
y cuando la generación de los baby-boom de los años 60-70 llegue a la jubilación, en torno al 2030,
el porcentaje de personas mayores superará el 20% de la población total.
Igualmente se nos dice que en cifras absolutas, hay un millón más de mujeres de más de 65
años que hombres, debido a la mayor mortalidad masculina por razones laborales, culturales y porque
aún permanece la huella de las pérdidas de la guerra civil. Este desequilibrio entre hombres y
mujeres se acentúa a partir de los 65 años, llegando a partir de los 85 años a cuatro mujeres por
cada varón.
FIN