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Viernes, 10 de Febrero de 2012
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"Adaptación funcional de viviendas y edificios públicos para atender a las demandas de la población mayor"


Por José María Cabeza Méndez
Arquitecto Técnico.
Director del Servicio Rehabilitación del Colegio Oficial
de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla.

Con razonable preocupación observamos como el medio ambiente que rodea al ser humano es un medio artificial creado por el propio hombre y que cada vez lo estamos haciendo mas inadecuado para una vida saludable, con lo cual los seres humanos nos encontramos presos en una trampa originada por nuestra propia civilización. Es fácil advertir como muestra, que muchos de los traumas psicológicos y de aislamiento social que siguen a las personas mayores y a cualquiera que padezca una discapacidad, se fundamentan por un entorno que dificulta realmente la relación habitual con los semejantes.

Es claro que si la calle, los parques, los edificios públicos, las viviendas, etc., no son accesibles para todos los ciudadanos, se está imponiendo directamente una discriminación aun mas injusta que la que pueda suponer una actitud social de rechazo por parte de ciertos grupos.

Por ello y si queremos obtener una adecuada y continua integración social de las personas mayores, como seres que tienen determinadas limitaciones o discapacidades, es preciso comenzar viéndolos y tratándolos con absoluta naturalidad para conseguir dotarlos de mayores capacidades para que a su vez padezcan menores necesidades y en consecuencia tener como objetivo permanente que sus posibilidades superen a sus limitaciones. Aunque la capacitación, para la vida social de una persona, no puede realizarse si las barreras materiales que le separan del grupo de relación son desproporcionadas a su cualidades funcionales, por lo cual debemos pretender alcanzar una correcta integración readaptando su entorno para hacer posible la aportación individual del sujeto con capacidades disminuidas.

Para empezar pues, a tratar la cuestión de adaptación funcional de viviendas y edificios públicos para atender la demanda de la creciente población mayor, creo que conviene hacer una breve consideración sobre minusvalía o discapacidad de las personas, porque todos estamos de acuerdo que dentro de esa consideración existen grupos que presentan mayores demandas de supresión de barreras físicas que otros. Por un lado sabemos que está la discapacidad total que padecen un coeficiente intelectual mínimo, otro grupo lo encontramos en los que tienen problemas sensoriales y por último están los discapacitados físicos, donde se sitúan el mayor porcentaje de las personas mayores y que son los que plantean mas directamente la necesidad espacial, porque son los que generalmente precisan, como medio de locomoción, una silla de rueda o un elemento mecánico similar. Reconociendo, a su vez, que unas personas tienen esa limitación exclusivamente por la edad, si bien otras se la han producido por accidentes laborales, de tráfico, etc.

A modo de reflexión de la situación actual pensemos por ejemplo, como los diferentes centros sanitarios existente en nuestra sociedad se planifican para atender a esas personas aplicando una serie de medidas que tienen como objetivo global lograr la plena integración de ellos, desde el punto de vista de la recuperación fisiológica, por la acción de diferentes terapias en las que intervienen aspectos farmacológicos, radioterapias u ortopédicos, tratando de conseguir el máximo desarrollo de las posibilidades fisiológicas de cada uno. Adaptaciones o readaptaciones para obtener o recuperar el equilibrio original, en otros casos readaptación profesional también que persigue la orientación, formación y emplazamiento del discapacitado en un trabajo, readaptación social que tiende a compensar y desarrollar las posibilidades de su presencia en su entorno, etc., etc.

Pues bien, cuando esas personas salen del centro sanitario donde han conseguido el máximo posible su recuperación fisiológica se encuentran con una realidad espacial que le impide ejercer todo lo obtenido en sus diferentes tratamientos, lamentando entonces la falta de correspondencia que existe entre lo adquirido y la calle, el edificio o el transporte, produciéndole sin duda alguna un enorme desconsuelo.

Debemos tener muy presente, también, que en las personas mayores existe una acumulación de experiencias diversas, además de acontecimientos muy importantes (jubilación, muerte de familiares y amigos, cambios en las relaciones sociales, etc.) que influyen y modulan el desarrollo de estas. El proceso de envejecimiento supone a menudo un aumento o progresión de enfermedades crónicas, un declive en las capacidades fisiológicas y una perdida de autonomía, además de las perdidas familiares y personales que hemos comentado. Es importante considerar la reducción o privación de contactos sociales por el aislamiento debido a barreras arquitectónicas, problemas económicos, jubilación obligatoria, dispersión de la familia nuclear y el sentimiento de soledad por relaciones sociales insuficientes, pérdida de autoestima , etc., etc..

En otro orden, tenemos que reconocer que la edificación y la ordenación del viario se ha venido efectuando en cada época en función de sus necesidades e intereses y es verdad que en la antigüedad la población mayor era muy baja como se constata en el Informe 2000 sobre "las personas mayores en España" realizado por el Instituto de Migraciones y Servicios Sociales, donde se señala que a principios del siglo XX sólo un 26% de los nacidos llegaba a mayor, hoy esa cifra se sitúa en un 85% y seguirá envejeciendo durante el siglo XXI, después de experimentar uno de los procesos más rápidos de ancianidad durante las últimas décadas del siglo XX.

La mejora de la sanidad pública, los avances en la tecnología médica y las condiciones de vida, han llevado a un incremento en la esperanza de vida en nuestro país. Según la revisión del padrón municipal (INE 2001), en España hay algo más de siete millones de personas mayores, de los cuales son octogenarios 1.633.040 personas.

Los octogenarios son ahora el 3,9% de la población (el 23,2% de los mayores). En 2050 serán ya el 10% de toda la población española, casi uno de cada tres mayores. En cuanto a los centenarios, grupo reducido que cobra protagonismo paulatinamente, es difícil conocer con exactitud el número de ellos en censos anteriores ya que existe el riesgo de imprecisión a la hora de informar de la edad; las irregularidades administrativas en la época en que nacieron también dificultan la precisión. Pues bien, en los años 80 se superaban los dos millares, en el año 2000 alcanzaron la cifra de 5.702 y se espera una continuación en su incremento dejando de ser noticia de primera plana, como ya se viene observando.

Según este informe, cada mes 36.000 personas sobrepasan el umbral de los 65 años y la cifra de mayores ha aumentado siete veces desde principio del siglo XX, mientras que la población nacional se ha doblado y los octogenarios han visto aumentar sus efectivos trece veces, alcanzando la cantidad antes indicada.

Con respecto a Europa, España es el quinto país detrás de Alemania, Italia, Francia y Reino Unido en cifras absolutas sobre población mayor, siendo Andalucía, junto con Cataluña, la que posee mayor número de personas de edad.

Otro indicador del intenso y continuo proceso de envejecimiento que vivimos en España es que la edad media no ha dejado de crecer, desde los 24 años en 1900 hasta los 35 actuales y los 45 años que se alcanzará en el 2020, según las previsiones.

En otra de las valoraciones de ese estudio, durante unos años habrá un proceso de ralentización de la velocidad en el avance de envejecimiento, para continuar posteriormente con un relanzamiento. Sin embargo, en toda Europa el envejecimiento se acelerará en las próximas décadas, y cuando la generación de los baby-boom de los años 60-70 llegue a la jubilación, en torno al 2030, el porcentaje de personas mayores superará el 20% de la población total.

Igualmente se nos dice que en cifras absolutas, hay un millón más de mujeres de más de 65 años que hombres, debido a la mayor mortalidad masculina por razones laborales, culturales y porque aún permanece la huella de las pérdidas de la guerra civil. Este desequilibrio entre hombres y mujeres se acentúa a partir de los 65 años, llegando a partir de los 85 años a cuatro mujeres por cada varón.
FIN
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